Una opción distinta de vivir

Las leyes, reguladoras de lo social, siempre fueron escritas por quienes se asumían los más expertos profesionales, fueron hechas a imagen y semejanza de los libros que estudiaron y siempre se dio por válido que así tenía que ser. En nombre de esas leyes, fueron crucificados pueblos y creencias, en defensa de esas leyes se asesinó a hombres, mujeres y niños. Fueron estas leyes las que legalizaron el hambre, la miseria, la enfermedad y la muerte. Gracias a estas leyes, se privatizó el bienestar, la salud, la educación y se los convirtió en bienes sólo de aquellos capaces de pagar por ellos.

Se vivió bajo esas leyes tanto tiempo que las paredes de los ministerios adquirieron su color y las personas asumieron su verdad. Se nos impuso con tanta violencia el orden de estas leyes que incluso perdimos la esperanza en que algo mejor pudiera venir. Fue así que el mundo se hizo gris, tan gris que entre tantas paredes color Ley, la libertad se perdió y se dio por válida la opresión de muchos por parte de unos cuantos.

Pero como una flor de primavera que se atreve a brotar al final del invierno con tal de anunciar la llegada de la vida, el pueblo estuvo dispuesto a cambiar las cosas. Fue aquel pueblo, aquel puñado de indígenas, campesinos, obreros que, cansado de ese mundo, decidió hacer algo diferente. Y fue así que, al mando de esos campesinos y campesinas, un pueblo comenzó a ser dueño de su destino y fueron estos hombres y mujeres quienes, después de triunfar en las urnas, decidieron que con gobernar no bastaba y que también las leyes debían cambiar. De este modo, aquellas paredes grises fueron reemplazadas por unas llenas de colores, fue de esta forma que las calles recobraron su alegría y las personas recuperaron la esperanza. Estas nuevas leyes socializaron la salud, la educación, el pan y abolieron el hambre, la miseria, la enfermedad y el dolor del pueblo. Se instauró una nueva era y, aunque no es perfecta, nos ha devuelto lo más importante, nuestra libertad.

Esta es la historia de nuestra Asamblea Constituyente, es la historia de la lucha de nuestro pueblo y de nuestros padres, quienes se atrevieron a soñar un mundo mejor. Pero no fue fácil. En el camino se les tachó de locos, de asesinos, de salvajes, de comunistas y de indios ignorantes. Se nos dijo que el pueblo no sabe lo que quiere, que el hombre es lobo del hombre y que no existía orden más perfecto que aquel que habían construido los patrones de antes. Y cuando triunfó el pueblo, estos señores que toda su vida habían comido a costa del hambre del pueblo, que vivían protegidos por las leyes que instauraron y que impusieron su libertad a costa de la opresión del pueblo, se dedicaron a sabotear, a perseguir y atacar a todo aquel que defienda a esos locos, a esos salvajes, a esos indios. Pero el pueblo no cedió porque entendía lo que estaba en juego. Sabía que si se rendía todo sería peor, sabía que lo que estaba en disputa era el futuro de sus hijos. Fue así que el pueblo impuso su voluntad, pese a los muertos y pese a los ataques, porque cuando la gente está decidida a ser libre no hay pared que aguante o fusil que la detenga.

Ya han pasado casi 10 años desde entonces y en el  continente vemos un escenario similar, vemos que en Venezuela la gente está resuelta a ser libre. Vemos en aquel vecino país una marea roja de hombres y mujeres que quiere llenar de color sus paredes, que quiere recuperar la alegría en sus calles y que, al mando de su Presidente, busca cambiar el mundo en el que vive.

Y es que en el mundo sólo se puede vivir de dos formas: se puede vivir obedeciendo a otros o se puede vivir obedeciendo a nosotros mismos. Y si Bolivia tiene el derecho de ser libre, ¿por qué Venezuela no?

 

Francisco Tupaj Garcia

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