Una Mirada a Marx desde el Rockefeller Center, Nueva York

Square

Diego von Vacano
Politólogo, Universidad de Yale
EE. UU.

Hace dos días, cuando caían los primeros copos de nieve sobre la ciudad de Nueva York, fui desde Connecticut al famoso ‘Rockefeller Center.’ En el tren me puse a pensar en la historia de esta ciudad espectacular. El tren salía de New Haven, donde estoy dando clases este año en la universidad de Yale, en camino hacia la ‘Gran Manzana’. El tren pasa por algunas de las ciudades más caras de Estados Unidos como Stamford y Greenwich, en el estado de Connecticut. Pero la escena cambia cuando el tren se acerca al estado de Nueva York. Poco a poco aparecen pueblos pobres, edificios que se derrumban, basurales extensos y más gente latina y afroamericana.

Es un contraste enorme. Connecticut es un estado muy rico, con un promedio de más de $70.000 dólares de ingresos anuales por familia. En contraste, existen pueblos pequeños que han sufrido mucho durante la desindustrialización del estado, pueblos como Meriden y Middletown. El fenómeno es evidente también en la misma Nueva York. El tren pasa por el Bronx y Harlem, barrios muy pobres de esta metrópolis, y llega a la estación Grand Central; en minutos se puede llegar al pie de la famosa estatua dorada de Prometeo, el titán griego recordado por robar el fuego de los dioses, que domina el Rockefeller Center. Diego Rivera captó la esencia de Rockefeller Center: la encrucijada del mundo moderno, entre capitalismo y socialismo, en el mural que pintó para el edificio de Nelson Rockefeller, “El Hombre en el Cruce del Camino” (1934).


Prometeo inició con ese robo del fuego divino el progreso y la civilización entre la especie humana. Pero también inventó el sacrificio, y fue castigado por Zeus. Es en realidad un símbolo perfecto no sólo de la ciudad de Nueva York sino de lo que es Estados Unidos. También, y en términos más generales, de lo que ha sido y es el capitalismo. Sobre todo, el capitalismo norteamericano bajo el régimen actual, el de Donald Trump.

Estamos a pocos meses del aniversario 200 del nacimiento de Karl Marx. El pensador nacido en Trier, Alemania, fue rechazado en EE. UU. durante muchos años como una reliquia del pasado que debió haber sido enterrado tras la caída el Muro de Berlín. Pero en los últimos años, mucha gente, sobre todo las nuevas generaciones, ha re-descubierto el legado de la figura intelectual mas importante de los últimos dos siglos.

Los ocho años de la presidencia de Obama prometían resolver los problemas de la desigualdad económica y la discriminación racial en EE. UU. Pero no fue así. Al contrario, la desigualdad aumentó. Como dijo la presidenta del banco central norteamericano, Janet Yellen, “la desigualdad económica ha aumentado, no ha disminuido, durante las ultimas décadas”.

La concentración de la riqueza en pocas manos se acentuó aún más después de 2013 con la recuperación de la crisis económica de 2008 y el alza de la Bolsa de valores. Al mismo tiempo, la población pobre ha aumentado. Durante el gobierno de Obama, más del 15% de la población norteamericana vivía en niveles de pobreza. Esos niveles no se daban antes de 1981, como dice el periodista Rick Baum del sitio ‘CounterPunch’ en el Internet.

Lo más inquietante es el porcentaje de la población que vive en pobreza extrema o que tiene un ingreso del 50% de la línea de pobreza o menos. Durante la presidencia de Obama, el porcentaje de la población en ese nivel de pobreza fue cada año de más del 6%. Desde 2014, era y es un grupo de más de 20 millones de personas. Con George W. Bush como presidente, ese porcentaje siempre fue menor del 6%. La última vez que fue de más del 6% fue durante el primer año de la presidencia de Clinton.

Tal como lo predijo Marx, el capitalismo genera desigualdad y pobreza aunque sea el sistema más productivo y eficiente de la historia humana. En EE.UU. no existen sistemas públicos de salud o educación de un nivel adecuado que puedan compensar ese problema. Un gran porcentaje de los impuestos paga armas, no servicios sociales.
A pesar de la recuperación económica reciente de EE.UU., esas brechas persisten. Y su resultado político ha sido la aparición de un personaje que representa otra de las predicciones fundamentales de Marx: la síntesis de las elites económicas y políticas. Trump no es uno de los hombres más ricos de EE. UU., pero sabe proyectar esa imagen. En épocas anteriores, líderes políticos intentaban ocultar sus lazos y vínculos con elites económicas. Por eso, por ejemplo, Ronald Reagan proyectaba la imagen de un abuelo bonachón, de un ex actor. La familia de George Bush padre se mudó de Nueva Inglaterra a Texas para proyectar una imagen de un clan de raíces más humildes. Asimismo, Barack Obama generó una especie de populismo de seudo-izquierda para atraer el voto de las minorías étnicas y los jóvenes del país.
Obama sufrió del racismo de sectores reaccionarios, racismo que produjo al presidente que en un sentido es el más ‘norteamericano’ de la historia del país: Trump. El Republicano representa el racismo profundo de sectores de la población norteamericana que nunca quisieron aceptar a negros, latinos o asiáticos americanos como ciudadanos iguales a ellos. Pero también representa esa mitología (falsa, obviamente) de la fusión entre los arquetipos del ‘hombre de negocios’ (tipo Gordon Gecko de la película Wall Street, de Oliver Stone) y el ‘líder del pueblo’ (tipo Ronald Reagan).

Como predijo Marx, las burguesías capitalistas y las elites políticas se unen eventualmente.
Marx se equivocó en muchos sentidos. No pudo predecir que el fetichismo del consumismo podía generar niveles de demanda industrial que podían sacar a países de una crisis económica. Tampoco pudo predecir la fragmentación de la clase obrera en muchos países industriales como Gran Bretaña, donde Marx pensaba que ocurriría la Revolución, o en países en vías de desarrollo. Tampoco se dio cuenta del poder de la religión, porque Marx fue un producto del movimiento intelectual de la Ilustración. No pudo anticipar el éxito que tendría el imperialismo, en gran parte gracias a las burguesías compradoras locales de países pobres. Quizás cometió dos grandes errores: uno, pensar que el ser humano tiene realmente interés moral en su prójimo (algo que heredó de Hegel, un pensador sumamente cristiano), y que pudo haber corregido leyendo más de cerca las obras de Maquiavelo. Dos, ignoró que el ser humano, a fin de cuentas, no quiere ser obrero o trabajador toda su vida, crítica que le hizo José Vasconcelos.

Aun así, y para descubrir cómo funciona la maquinaria social moderna, Marx es la figura intelectual mas importante de nuestros tiempos. Fundamentalmente, vivimos en sociedades de clases, no de individuos ni de tribus. Nuestros intereses económicos dictan nuestras preferencias culturales, sociales y hasta morales. Existen países, como EE. UU., que quieren dominar a otros. Existen líderes, como Trump, que sόlo se interesan al fin de cuentas en capturar más riqueza para ellos mismos. Marx también nos enseñó que una persona puede ser muy amable, buena y ética, pero igual puede tener intereses políticos reaccionarios sin saberlo siquiera. Y que, para salir de este laberinto, es necesario leer, pensar, criticar. Así se puede lograr una conciencia de clase; también, viviendo lado a lado con personas que han entendido las lecciones de Marx por cuenta propia, tal como hizo la gran líder minera Domitila Chungara en Siglo XX y Catavi para derrocar a dictadores sanguinarios como Hugo Bánzer Suárez.

Mientras el fuego robado por Prometeo incendia las ciudades norteamericanas con más desigualdad, más discriminación racial y más ‘bullying’ (que es la esencia del caudillismo de Trump), países como Bolivia se encienden con una responsabilidad muy grande. Bolivia es uno de los pocos países que se han negado, en los últimos años, a ser sacrificados a los dioses dorados del capitalismo. No cabe duda de que es un proceso muy complejo con muchos obstáculos y con muchos enemigos. Esos enemigos están fuera y dentro del país y también entre las filas de los movimientos sociales que en gran parte deben su existencia a las ideas del socialismo marxista. Marx nos advirtió sobre los tres peligros: el imperialismo, las burguesías reaccionarias criollas y los ‘vivos’ que se cuelan a movimientos sociales para sacar una ‘pega’, quedarse con una ‘yapita’, o aferrarse al poder. Para Marx, los procesos de cambio dependen de las masas, y no de individuos específicos. Las masas no deben perder su conciencia política, lo que significa que no deben dejarse engañar, ni por ajenos ni por propios.

No debemos olvidar lo qué pasó con el mural de Diego Rivera en el Rockefeller Center. Nelson Rockefeller ordenó su destrucción porque la obra incluía las imágenes de Marx, Engels y Lenin. Pero Rivera no se rindió. Reprodujo su obra, que ahora se encuentra en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de México. Así, “El Hombre, Dominador del Universo” (el nuevo nombre de la obra) se mudó a América Latina. Y es precisamente ahí, en América austral, donde está ahora la vanguardia del legado del triunvirato rojo.

Al regresar de Nueva York a Connecticut me encontré por coincidencia con el sociólogo Immanuel Wallerstein en Yale. Ya a sus 87 años, el principal teórico del análisis sistema-mundo suele pasear por el campus universitario para charlar con la gente. Me preguntó sobre Bolivia. Me dijo que le preocupa el retroceso de algunos países, como Venezuela y Argentina, dentro de lo que es el marco de la izquierda latinoamericana anti-sistema mundial. Le aseguré que el boliviano es el pueblo que, por lo general (no en su totalidad, claro), tiene mayor conciencia política en América Latina.

Wallerstein piensa que es crucial encontrar nuevos lideres para los procesos de cambio y también luchar contra la corrupción, pero respetando los derechos humanos y civiles de todos, incluyendo a los opositores. Coincidimos en una cosa: nunca dejar de aprender y estudiar la obra de Marx.

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