Un obituario para el último Dictador

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Por: Juan José Bedregal

 

Una característica de la sociedad latinoamericana es la impunidad por los crímenes cometidos, mucho más si hablamos de las dictaduras militares. Estos regímenes, en su afán por imponer la Doctrina de Seguridad Nacional de la cleptocracia militar estadounidense, no se contuvieron en cometer crímenes de lesa humanidad con tal de erradicar la “amenaza comunista”. En Bolivia, esta categoría corresponde a las dictaduras de René Barrientos Ortuño, Hugo Banzer Suarez y Luis García Meza.

El último de estos dictadores ha muerto al igual que los dos anteriores, sin haber hecho reparación alguna a las víctimas de la violencia política. Durante los años 60 y 70, existía un debate ideológico al interior de las FF.AA.: la dicotomía entre fascismo y progresismo la encarnan Barrientos y Ovando, Banzer y Torres. Tras la caída de Banzer, el debate quedó entre el institucionalismo favorable a la reapertura democrática y el fascismo puro y duro que buscaba la “restauración del orden”.

García Meza encarnó la segunda posición, ya fuera por convicción o solamente por seguir el contexto histórico. Dudo que haya sido un diabólico y sanguinario psicópata convertido en dictador por sus propios deseos de poder y riqueza fácil, como tampoco creo que haya sido una pobre víctima de las circunstancias. En las entrevistas que concedió desde Chonchocoro, deslindó responsabilidades por los crímenes que se le imputan. Sobre el asesinato de Marcelo Quiroga, señaló al ex dictador Banzer; sobre el asesinato de Luis Espinal, sindicó a un oficial de la Fuerza Aérea involucrado en corrupción; sobre los asesinatos de la calle Harrington y el atentado al avión de Jaime Paz, responsabilizó a Luis Arce Gómez y su entorno. También dice haber exigido la renuncia del coronel y luego haberlo perdonado. En una carta póstuma, señala a Hugo Banzer y a Víctor Paz como autores intelectuales del golpe de estado de 1980 y del asalto a la COB.

Ciertas o no, estas declaraciones reflejan que la violencia política formaba parte del accionar de las FF.AA., guiadas por el pensamiento concreto de la época y por voluntades quizás mucho más grandes que el coyuntural Comandante en Jefe de las FF.AA. La persecución política seguía el pensamiento común a todos los regímenes militares de la época, que puede resumirse en algunos puntos básicos:

  1. Rechazo a toda forma de ejercicio del poder político por parte de las mayorías: el pueblo no sabe lo que quiere, la masa es voluble y debe ser guiada por las FF.AA. en calidad de “institución tutelar de la patria”.
  2. Rechazo a los partidos políticos y organizaciones sociales: los “traficantes de la política”, los “sindicalistas flojos”, los “agitadores y elementos subversivos” deben dedicarse a trabajar y no a robar al Estado.
  3. Rechazo a la amenaza comunista: los socialistas, comunistas e izquierdistas en general son una amenaza para los valores familiares, para la tradición cristiana y son enemigos de la sociedad.
  4. “Orden, Paz y Trabajo”: los objetivos de las FF.AA. son la “restauración del orden” y la paz social mediante la “eliminación de los revoltosos”, que todo el pueblo trabajara en silencio bajo la firme tutela de la institución militar.

Sin exclusión de otras características, este pensamiento era implantado en la tristemente célebre Escuela de Las Américas, situada en la Zona del Canal de Panamá, por entonces una franja colonial de los EE.UU. donde eran becados militares de toda América Latina. En esta escuela se enseñaban tácticas de inteligencia, espionaje, tortura y persecución en el marco del anticomunismo. Los ejemplos a seguir eran las dictaduras de Francisco Franco en España, Augusto Pinochet en Chile, Alfredo Stroessner en Paraguay, y de la familia Somoza en Nicaragua; todos fieles a los dictámenes de EE.UU. y que perseguían ferozmente a los movimientos populares en sus respectivos países.

La cúpula militar boliviana, siguiendo los lamentables ejemplos de las dictaduras del continente, incurría en un sinnúmero de casos de corrupción y ante la más mínima intención de investigar, se disponía la desaparición de jueces, fiscales, periodistas y políticos que se atrevieran a denunciarlos. Éste fue (según García Meza) el motivo de los asesinatos de Luis Espinal y Marcelo Quiroga, sumado al “crimen” de tener un pensamiento de izquierda.

El Golpe de Estado del 17 de julio de 1980 instaló en el gobierno a la llamada Junta de Comandantes. Mediante el corporativismo militar, esta cúpula designó al gabinete de García Meza. Con excepción de la ADN que le retiró públicamente su apoyo en abril de 1981, una de las debilidades del autodenominado “Gobierno de Restauración Nacional” fue la ausencia de las fuerzas políticas del momento, a diferencia de las dictaduras de Barrientos (sustentada en el Pacto Militar-Campesino) y Banzer (respaldada por la inverosímil alianza MNR-FSB y por las logias del oriente boliviano). La desideologización de la dictadura quedó patente cuando el Gral. García Meza declaró que su gobierno no pediría autorización “ni a Rusia, ni a Cuba, ni a los EE.UU.”, en un intento de construir un discurso ultranacionalista que no generó ningún apoyo popular. La dictadura no fue reconocida por otros países de la región, por lo que ni siquiera fue admitida en el Plan Cóndor.

Con o sin el consentimiento del presidente de facto, la cúpula militar asaltó las arcas del Estado, los recursos naturales y cuanta fuente de ingresos pudiera copar. El propio García Meza sindica al Comandante de la Fuerza Aérea, Waldo Bernal, de haber controlado la Aduana y de haberse enriquecido ilícitamente mediante el narcotráfico; además están los casos de las piedras preciosas de La Gaiba, equipos para YPFB, la Piscina Olímpica de Alto Obrajes, y la venta de los diarios del Che. A esto se suma la renegociación de la deuda externa en 1981, que capitalizó los intereses adeudados; esta decisión elevó la deuda a $us 2.803 millones frente a un PIB de sólo $us 1.800 millones (un ratio deuda-PIB del 156%), sentando las bases de lo que sería más adelante la crisis de la deuda externa.

El ex dictador reconoció que la única objeción de la Embajada de EE.UU. a su gobierno era la presencia de Arce Gómez en el gabinete; las sublevaciones militares por todo el país se estrellaban más contra el Ministro del Interior que contra el presidente, el alto mando sacaba su tajada a la brevedad posible, negociado tras negociado mientras la siguiente tanda esperaba el turno de dar un nuevo golpe. El ex dictador dijo haber sido “traicionado” por las facciones de las FF.AA., y a pesar de ser la cabeza del régimen, se proclamaba en sus discursos como “el Presidente de los bolivianos honestos y dignos”.

A su muerte, el Gral. Luis García Meza era responsable por más de 50 delitos diferentes y tenía pendiente una sentencia por cadena perpetua en Italia, pero no logró cumplir la totalidad de los 30 años de prisión a los que fue condenado en 1993 en Bolivia, y se lleva a la tumba el secreto de la localización de los restos del líder socialista Marcelo Quiroga Santa Cruz. Ciertamente, murió cargando sus propias culpas, pero también las de otros, las que la historia ya le ha imputado irreversiblemente.

Considero que es incorrecto odiar al ex dictador por sus delitos, en principio porque el odio sólo daña al que lo expresa y no al que lo motiva. Los sucesos que rodearon la dictadura de Luis García Meza definen con precisión el vocablo “dictadura”, y deben servir como ejemplo de lo que sucede cuando se cree que el pueblo es incapaz de gobernarse, cuando se cree que se debe silenciar a las mayorías para imponer por la fuerza la noción de “orden” de unos pocos.

La historia es muy afecta a crear ángeles y demonios de forma artificial, obviando el contexto y a los demás actores del momento. Por eso es un error dejar a García Meza como el único autor de los delitos de su mandato, como si dar un golpe de Estado y gobernar de facto por un año fuera un acto individual. Éstos fueron crímenes de toda una generación de las FF.AA. que consideraba que la carrera militar consistía en esperar el turno para dar un golpe de Estado, “sacar tajada” y luego retirarse. Los crímenes de las dictaduras son crímenes del fascismo y su doctrina anticomunista, son crímenes del imperialismo norteamericano actuando en lo que hasta hoy cree que es su “patio trasero”.

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