¿Redes sociales en el escenario político?

Por: Omar Mamani

La introducción de nuevos modos de vinculación social, que si se quiere vienen de la mano de los avances tecnológicos, han generado cambios sustanciales a los tejidos sociales predeterminados. Desde cartas escritas a tinta y pluma hasta el tan reconocido WhatsApp, modifican la forma de interacción social en nuestro día a día, la formalidad cada vez se hace más anticuada, el contacto directo es menos preciado, se crea entonces la conexión en línea, donde puedes expresar de forma abierta a millones de personas desde tus sueños, metas, logros hasta prejuicios, susceptibilidades, rencores, etc. 

Los alcances de este nuevo espacio tecnológico, esta nueva red social, en nuestro país se dirige directamente a personas que pueden contar con un acceso a internet, vale decir, cada vez su uso se expande de forma exponencial. Pero vayamos más allá, justificando ese crecimiento exponencial. Las antiguas formas de organización colectiva como sindicatos, gremios y asociaciones dejan de ser espacios funcionales, productivos y menos necesarios para la “nueva clase media” que es una generación que tiene acceso directo a servicios y necesidades básicas, tienen ingresos mensuales con cierto excedente que genera un placebo de ascensión. Muchos son hijas e hijos de mineros, choferes, panaderos, comerciantes y quienes tuvieron el acceso a la educación superior (ingenieros, economistas, informáticos, maestros, etc.), mismos que han generado nuevos espacios de cohesión social en las redes sociales.

Las RRSS más allá de haber generado una vinculación veloz y eficaz para la comunicación interpersonal, es un espacio donde se comparten conceptos y donde se desarrollan los mismos, los conceptos interiorizados previamente son asimilados y compartidos con mayor facilidad, en muchos casos se puede potenciar creencias , supuestos, e incluso se reaviva prejuicios raciales. Entonces, un meme o un video en Facebook puede agrupar ideas o generar un sentimiento colectivo a modo de respuesta, y en muchos casos sin siquiera cuestionar la fuente o veracidad de la información que se está asimilando.

No podemos dejar de mencionar el espacio de comunicación intima, personal, privada como lo es el WhatsApp, donde se generan grupos familiares, de trabajo, colegio, universidad, del cumpleañero, entre otros. Estos son círculos de confianza y en ese sentido todo lo que allí se comparte en su gran mayoría se asimila. La eficacia de difusión de las redes sociales y mucho más su incidencia promueven a determinados grupos a manipular la información, a comunicar mentiras, a difundir invenciones mal intencionadas. Mucho de esto se ha visto en el escenario político donde se induce al desmedro de un individuo o colectivo, valiéndose de información personal, acciones pasadas, etc.

Estamos entonces frente a un nuevo modo de organización colectiva, donde una multitud se asocia en base a sentimientos compartidos, pero que muchos de ellos han sido manipulados, “Fakenews”, “Posverdad”, que han sido muy útiles en campañas electorales caso Argentina y no hace mucho Brasil.

Bolivia tiene más del 33 % de su población que se auto determina como una clase ascendente que llega cargada de preceptos y prejuicios a modo de legitimización, pero que además, su modo de organización es una suerte de sindicalismo virtual. Un movimiento que ocupa cada vez mayor espacio en el escenario político, que si bien ya se tiene antecedentes como las moribundas plataformas ciudadanas con carencia direccional, no se puede subestimar el área de las redes sociales como algo meramente mediático o sensacionalista, que si lo es, pero que también es comunicacional, coercitivo y un territorio de acción política constante.