Ciudadanía vs Pueblo (plebe) Bolivia en un enfrentamiento Sui géneris

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La palabra pueblo es tan antigua como la de ciudadanía, sin embargo, con excepción de algunos momentos, en pocas ocasiones se han utilizado ambas palabras como sinónimos y actualmente no es la excepción. En Bolivia, y en general en América Latina, la palabra ciudadanía es relativamente nueva, al extremo que recién en la época del presidente Evo Morales se puede hablar de una ciudadanía en estricto sentido en nuestro país, quizás también por el advenimiento y el crecimiento de una clase media urbana gracias a una gestión económica coherente y seria en estos últimos 12 años de gestión masista.

Vamos por pasos.

Dentro de la tradición semita el concepto de “pueblo” como “pueblo escogido por Dios”, toma una acepción estrictamente religiosa y supraterrenal, alejada de cualquier precepto ideológico político, por lo menos en una primera instancia, acepción que varía con el tiempo, hasta secularizar esta categoría en política cuando el pueblo pasa a organizarse como un semi-Estado. A pesar de las múltiples observaciones que se puede dar a los orígenes de cualquier cultura o religión, los primeros rastros del uso de la categoría pueblo dentro de la cultura occidental se pueden encontrar en los pueblos semitas.

Otra tradición, quizás más enriquecedora que la anterior, es la helénica, en Grecia el concepto de “pueblo o demos” tiene explícitamente una tez política, de ahí también su origen etimológico y teórico desemboque en la construcción de la palabra democracia, como mandato (kratos) del pueblo. Este término es diferente de otro que significaría “masa” (plethos) que actualmente se utiliza de manera peyorativa para criticar al pueblo como masa. Actualmente algunos teóricos incautos, fundamentalmente conservadores o de raigambre ideológico “aristocrático”, utilizan estas palabras como sinónimos para expresar ignorancia, caudillismo e incluso fascismo. Frases como “el pueblo no piensa” o “la masa se deja llevar por sus caudillos”, son acepciones muy habituales en este tipo de intelectuales.

Es aquí donde podríamos encontrar el origen de la polémica entre la ciudadanía y el pueblo. En la democracia ateniense la idea del ciudadano (polites) es una persona en tanto goza de derechos políticos y sociales, y el pueblo (kratos), es al contrario la condición de posibilidad para que el ciudadano pueda ejercer esos derechos. El pueblo es un espacio, el ciudadano es, al contrario, el constructor de la historia en tanto ejerza sus derechos. Digamos que antes se es pueblo y después ciudadano, pero no en términos de complementación, sino de superación. Empero, no se abandona el espacio donde se ejerce la democracia sino sencillamente se la ejerce, en tanto, ciudadanos. Vamos a volver a este punto en los siguientes párrafos.

En la antigua república de Roma se da una distinción similar, aunque, con la intervención adicional de un concepto más sociológico que politológico “plebe”, para criticar a todo aquello que no puede ser pueblo o que es un pueblo movilizado. Dicotomía muy interesante para encontrar también otra muy habitual entre bárbaros y civilizados.

Ya en la modernidad, se presenta un giro muy importante en relación a estos dos términos. Dentro de la tradición anglosajona la idea de “pueblo” (people) es más una construcción ética y civil y no tanto, política como se veía en la antigua Grecia, es decir, que ser pueblo en realidad no es una condición de posibilidad para ejercer tu derecho democrático como ciudadano, sino al contrario, un deber ciudadano. El deber ciudadano de ser pueblo radica en que para la tradición anglosajona está primero el individuo abstracto, en tanto, persona, que la comunidad en tanto unión de personas, es decir, primero se es individuo y después comunidad. Claramente una tradición liberal y por supuesto también adecuada a la defensa del sistema imperante en dentro de la tradición anglosajona: el capitalismo.

Lo contrario sucede dentro de la tradición francesa, italiana y española, esto debido a la influencia de la  Revolución Francesa, primero se es pueblo en tanto comunidad y después individuo en tanto sujeto.

En palabras más sencillas: en la tradición anglosajona primero es el ciudadano como individuo después el pueblo, y en la otra tradición, primero se es pueblo después ciudadano en tanto individuo.

Aunque no desarrollaremos más otras tradiciones teóricas, es menester mencionar dos también importantes: la tradición oriental-asiática y la tradición alemana, mismas que son ajenas a las interpretaciones anteriormente mencionadas. En el primer caso la concepción de pueblo y de ciudadano están aún muy emparentadas con el Estado como algo religioso y centralizado (como las sociedades tributarias asiáticas), y en el segundo caso el concepto de pueblo (Das volk) tiene más bien una connotación cultural identificada con su Estado-nación, en este sentido el ciudadano no es tan importante como concepto político, sino más jurídico.

En América Latina no existe una tradición de ser ciudadano, esto por tres razones fundamentalmente, primero nuestra calidad de sociedades colonizadas: donde existían ciudadanos de primera y de segunda e incluso de tercera; segundo, porque el ser ciudadano en relación al capitalismo siempre ha tenido como referencia a una clase media como su sujeto de apreciación, clase social (identificada más con su tipo de consumo que con su lugar en el proceso de producción) que en América Latina ha estado exenta de las luchas políticas por a) no existir o b) ser insignificante tanto para el proletario y el sujeto popular como para la burguesía o la oligarquía antinacional; y finalmente, el tercer aspecto del por qué no existe una tradición de ser ciudadano se debe a la fortaleza que la acepción pueblo y popular han tenido en la construcción de los Estados Nacionales en esta parte del globo terráqueo. Hay que recordar que a diferencia de las sociedades europeas (no de todas) donde primero se creó un mercado interno, una delimitación territorial y un gobierno robusto y después el principio de nación, en esta parte del mundo, ya teníamos la identificación de ser nación (o naciones) antes que la misma construcción del Estado-nación. Como se puede ver después de las guerras de independencia en 1809.

El nacimiento de lo nacional-popular como construcción de una nación en potencia, y al mismo tiempo como la división de un país entre las clases nacionales y las clases anti-nacionales (un bloque proletario-popular y otro oligarca-antinacional) es también una razón de índole sociológica para entender porque la dificultad de poder categorizar a las personas y al pueblo latinoamericano, quizás con excepción de algunos determinados sectores aislados del continente.

En este contexto, el ciudadano en América Latina y fundamentalmente en Bolivia, responde más a un criterio colonial, no tanto así, a un criterio ético como deber moral de ser pueblo en la tradición anglosajona o una tradición francesa, italiana y española donde el ciudadano sería una consecuencia del pueblo en tanto comunidad. Se es ciudadano en tanto dejo de ser pueblo, o sea, fui pueblo, pero ya no, porque pienso, razono y soy un individuo con ideas propias. Desarrollamos esta idea a continuación.

Desde una visión cartesiana y liberal, el individuo en abstracto como ajeno a la comunidad es el único capaz de brindarse a sí mismo las bondades de la razón, es racional, es transformador y es escritor de la historia, no la comunidad, sino el individuo, la comunidad te ahoga, te arroja a tu lado salvaje, en cambio, el individuo es racional, serio, institucional, la comunidad es viciosa, arrojada a los instintos, es barbárica, el individuo es civilizado.

Esta idea se manifiesta casi de manera pura cuando llegaron los europeos a América y la colonizaron, ellos tenían la razón, ellos eran el sujeto racional, nosotros, en cambio, simples peones no iluminados, alejados de lo racional, cercanos a los animales, no a los seres humanos, por eso mismo no teníamos ni alma ni bondad divina, ellos, al contrario sí.

Esta idea se llevó a tales términos, que los denominados indios solo eran vistos como bestias de carga, era mano de obra, los europeos eran los ideólogos y pensadores, los trabajos manuales eran vistos solo para originarios, los intelectuales para extranjeros, de ahí también la idea de que tener una licenciatura en letras o derecho te hace superior a alguien técnico albañil o carpintero.

Volviendo al tema, la construcción del pueblo se hizo en oposición a esa razón individualista cartesiana, no porque no sea racional pedir liberación de la opresión colonial, sino porque era la comunidad, la gente como plebe movilizada y no así los individuos aislados “pensantes” quienes la protagonizaban.

Esta idea se mantuvo en Bolivia hasta cerca del 2003 donde la caída del expresidente Gonzalo Sánchez de Lozada abrió una puerta para que la plebe en acción o el pueblo, aquí ya usados como sinónimos, se levante contra las estructuras oligárquicas representadas en la vieja rosca neoliberal, no era la ciudadanía contra la oligarquía porque la ciudadanía no existe realmente como categoría política sino solo como categoría jurídica, era la plebe o pueblo contra las clases anti-nacionales.

Actualmente después de 12 años de un gobierno popular de Evo Morales, esta plebe organizada es ahora, gracias a la gestión económica masista, una nueva clase media urbana que no puede denominarse ya como plebe, porque ya no tiene ese aspecto comunal y popular en su ser, sino que ahora es ciudadana,  porque, al contrario de lo que sería ser plebe o pueblo, son individuos primero y pueblo después, no como eran las movilizaciones antiguas por ejemplo en el siglo XX con mineros, campesinos y clases populares, que eran primero pueblo y después individuos.

Estos ciudadanos, ya no son plebe, no quieren serlo, ahora son gente “bien”, por eso mismo, difícilmente pueden apelar a grandes relatos históricos, solamente a efímeras movilizaciones con propósitos puntuales, también efímeros. Si uno ve y escucha con atención las consignas de estos sectores esta diferenciación entre plebe y ciudadanía se hace latente, “nosotros sabemos leer”, “nosotros sabemos pensar”, “Yo estudie 5 años”, etc., discursos muy ajenos a los de la plebe de hace 15 años.

Por primera vez en Bolivia se está presenciando una pugna entre la denominada ciudadanía y la plebe, es un momento Sui géneris. Aunque, por supuesto, la realidad es mucho más compleja.

José Daniel Llorenti

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