“Che” y “Chicho”: unidos en la diferencia, hermanados en la revolución

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Son casi exactamente 6 años de diferencia… entre el 9 de octubre de 1967, cuando el comandante Ernesto “Che” Guevara, con 39 años, es ejecutado en la escuela de la Higuera – Bolivia. Una breve e intensa vida, lo profundo de sus ideas y el filo acerado de su acción, lo sitúan entre los grandes revolucionarios, con su mirada y sus ojos siempre abiertos en la muerte, ese gesto despierto del Che es el inspirador de las nuevas generaciones de luchadores por justicia social y de hermandad entre los seres humanos. Y el 11 de septiembre de 1973 cuando Salvador “Chicho” Allende, de 64 años portando un casco, que los trabajadores de las minas le habían regalado y empuñando un fusil soviético AK que había recibido de Fidel Castro, algo inusual para su temperamento pacífico. Con las armas en la mano y con la vida defendía la democracia que lo había elegido Presidente de todos los chilenos. Prefirió inmolarse en medio del bombardeado al palacio presidencial de La Moneda, para cumplir su palabra de que sólo saldría de allí al final del mandato que el pueblo le había confiado, o muerto, en lugar de terminar sus días melancólicamente exiliado. “Allá esta Santiago ahí están agazapados esperando recuperar de mano de los militares sus granjerías y privilegios de clase, ahí está la oligarquía más cruel de Latinoamérica piensan que asesinando a un hombre detienen los procesos sociales, pueden postergar, pero detenerse jamás… no es posible verlos, pero es posible oler la fetidez de su aliento gritando, esperando celebrar nuestra renuncia o nuestra muerte…”

A 50 años de un final similar: combatiendo fusil en mano al fascismo y al imperialismo. Ocurrió tal como habían dicho que ocurriría su acto final: Heroicamente para ser mito. Fueron consecuentes incluso en el lugar donde sería su combate final. Allende en La Moneda corazón de la institucionalidad de la democracia estatal, el Che en Ñancahuazu, en un pequeño pueblo de Bolivia, en el corazón de los movimientos sociales.

Una historia de parecido en la diferencia y una diferencia en la similitud que habla de los que los unía, y a la vez, los distinguía. Combate radical por las mismas metas, aunque en trincheras distintas.

“Che” es la intervención característica del habla argentina para llamar la atención del interlocutor, según la entonación o las circunstancias… aunque se trata casi de un vulgarismo, el uso del “che” distingue a los rioplatenses de la mayoría de los hispanoparlantes, con este apodo, los cubanos castristas designaron enseguida al joven médico argentino, que se unía a su causa, un nombre que hizo famoso, un nombre que convirtió en un símbolo.

Será Zoila Rosa Ovalle “Mama Rosa” quien se encargó del cuidado desde recién nacido de Salvador Allende quien le puso el afectuoso apelativo de “Chichito” al balbucear el diminutivo de su nombre Salvadorcito. Con el tiempo, el apodo también creció y se transformaría en “Chicho” que utilizaron el mismo, sus familiares y tantas veces también el pueblo allendista. La Mama Rosa vivió 87 años, los suficientes para salir del brazo del Congreso Nacional el 3 de noviembre de 1970 con su adorado Chichito del brazo… el deseo que formulara en octubre de 1963 “rezo todas las noches para ver a mi niño de Presidente” se había cumplido. Su muerte en 1972 conmovió profundamente a Allende.

Chicho y el Che eran ambos médicos, humanistas y revolucionarios de oratoria encendida, provenían de los países más australes de Latinoamérica, abrazaron la causa común de emancipación de los pueblos de América y la búsqueda de la justicia social. Nacidos ambos en el mes de junio. Con una ética moral revolucionaria y en la conducta ideológica, a toda prueba.

Salvador Allende llegó a La Habana, el 20 de enero de 1959. En las calles aún se vive la efervescencia de la victoria revolucionaria. Narrado por el propio Allende, quien describe el encuentro con el Che de la siguiente manera: “esa tarde yo recibí un llamado de Aleyda, a quien no conocía, no sabía quien era. Era la secretaria del Che, no estaba casada con el Che todavía, y me dijo: “El Comandante Guevara le va a mandar su automóvil y lo espera en el Cuartel de La Cabaña”. Ahí llegué yo y ahí estaba el Che. Estaba tendido en un catre de campaña, en una pieza enorme donde recuerdo había un catre de bronce, pero el Che estaba tendido en el catre de campaña. Solamente con los pantalones y con el torso descubierto, y en ese momento tenía un fuerte ataque de asma. Estaba con el inhalador y yo espere que se le pasara; me senté en la cama, en la otra, entonces le dije: “Comandante”, pero me dijo: “Mire, Allende, yo sé perfectamente bien quién es usted. Yo le oí en la campaña presidencial del 52 dos discursos: uno muy bueno y uno muy malo. Así es que conversemos con confianza, porque yo tengo una opinión clara de quién es usted”. Después me dí cuenta de la calidad intelectual, el sentido humano, la visión continental y la concepción realista de la lucha de los pueblos que tenía el Che” “… La primera vez que llegué a Cuba me conecté con el Che y desde ese instante tuve por el afecto, respeto, y creo, podría decirte que fui amigo del Che. Tengo aquí un retrato de él que tiene una dedicatoria, dice: “A Carmen Paz, Beatriz y María Isabel, con el cariño fraterno de la Revolución Cubana y el mío propio”. Esto demuestra que conocía a mis hijas, que sabía que familiarmente le teníamos afecto, cariño, pero más que eso, quiero mostrar algo que tiene un valor inestimable para mí. Algo excepcional que guardo como un tesoro: La guerra de guerrillas. Este ejemplar estaba encima del escritorio del Che, debe haber sido el segundo o tercer ejemplar, porque me imagino que el primero se lo dio a Fidel. Y aquí tiene una dedicatoria que dice: “A Salvador Allende, que por otros medios trata de obtener lo mismo. Afectuosamente, Che”.

Pasaron otros años y recibieron nuestros pueblos la ingrata noticia de la muerte del Che en Bolivia. Allende describe su impresión entonces: “La noticia de su asesinato me causó un pesar profundo. Compartí el dolor de miles y miles de mis compatriotas”. “Yo era presidente del Senado cuando llegaron aquí los guerrilleros que acompañaban al Che. Entonces yo estuve con ellos en Iquique y después volé a Pascua y Tahití con ellos. Ahí me firmaron Pombo y otros en este libro, La guerra de guerrillas, que yo llevaba, y ellos pusieron lo siguiente: “Compañero, en el libro que le obsequió el Che, queremos que queden estas palabras como homenaje a él, de los que fuimos sus compañeros de la guerrilla boliviana”.

COMBATE RADICAL POR LAS MISMAS METAS EN TRINCHERAS DISTINTAS

Mientras Salvador Allende ocupo su lugar de combate en la trinchera institucional, en la consolidación del gobierno entendido como eje conductor del Estado y lugar central de acumulación de fuerzas para el proyecto popular. El Che, basado en su experiencia cubana y artífice como fue de la “Guerra de Guerrillas”, trazó su proyecto de lucha sustentado en la acción armada. El Che siempre aposto por la construcción del poder popular por la vereda extrainstitucional con énfasis en el territorio, el movimiento social y lo militar. Ambos tenían el mismo propósito: acumular fuerza popular para consolidar la vía al socialismo y la destrucción del capitalismo.

Al respecto Allende reflexionó entonces sobre el Che: “Yo creo, indiscutiblemente, que en la vida de Latinoamérica pocas veces, o quizás nunca, ha habido un hombre que haya demostrado más consecuencia con sus ideas, más generosidad, más desprendimiento. “el Che lo tenía todo, renunció a todo para hacer posible la lucha continental. Ahora, la respuesta del por qué está en la propia dedicatoria del libro del Che: “Para Allende, que por otros caminos trata de obtener lo mismo”. Había diferencias, indiscutiblemente, pero formales. En el fondo, las posiciones eran similares, iguales.”

A menudo se ha insistido en las diferencias entre el Che y Allende, incluso la han caricaturizado y banalizado esta relación las coincidencias no impidieron que también se enfrentaran tradiciones y concepciones teóricas distintas respecto de cómo afrontar la vía revolucionaria.

Allende viene de la II Internacional, apuesta por el voto, el crecimiento de la clase obrera y su conciencia de clase y en ese contexto, no elabora una estrategia insurreccional. El Che es depositario de la estrategia postleninista que entiende que la clase obrera no es la única vanguardia; lo que sería conocido como la teoría guevarista o foquismo. Aunque ambos quieren lo mismo, cada uno es heredero de coyunturas diferentes y tienen una concepción del proceso revolucionario que pone énfasis en lugares distintos, de cara al objetivo común que es la toma del poder.

Por eso el Che y Allende, tuvieron la tensión dialéctica entre la lucha intra y extrainstitucional para acumular fuerza en el campo popular. Ambos problematizaron teoría y políticamente esa clásica tirantez entre los insurreccional y lo institucional, propia de todo proceso revolucionario. Lo interesante es que el Che y Allende buscaban la síntesis de esa tensión y no, a diferencia de otros sectores de la izquierda, el predominio incluso el aplastamiento de una lógica sobre la otra.

Para Allende la opción institucional es circunstancial no esencial; obedece a las condiciones históricas del movimiento social chileno. Es la circunstancia histórica además de su ligada a la II Internacional que lo convence de que la acumulación de fuerza para superar el capitalismo ocurrirá, sobre todo, fortaleciendo al gobierno. La excepcionalidad del camino chileno hacia que para Allende el gobierno fuera “la columna maestra” para avanzar en la superación de Estado clasista.

Esa tensa relación, pero de colaboración de la vía chilena al socialismo de Allende propone entre la lucha en el marco de la legalidad burguesa institucional y la lucha popular más allá del voto y fuera del sistema parlamentario. Allende tenía un pensamiento políticamente maduro al respecto, si bien el gobierno era la columna maestra pero no ratificaba lo institucional, por el contrario, señalaba que el régimen institucional debía “estar abierto a las fuerzas revolucionarias y ser suficientemente flexible en sus equilibrios internos para tolerar los cambios revolucionarios y permitir realizarlos”. Allende rechazaba las posturas dogmáticas que negaban a priori toda posibilidad de avanzar por el camino institucional se oponían a quienes creían que la “institucionalidad burguesa no puede negarse, ni destruirse a sí misma”. En cambio, el creía en la dialéctica gobierno y poder popular.

LA TENSIÓN PERMANENTE DE LOS PROCESOS REVOLUCIONARIOS

En los mil días del gobierno de Allende en Chile estuvo viva la tensión de acumular fuerza desde el aparato ejecutivo institucional o desde la lucha popular extrainstitucional. Es una tensión de todo proceso de cambio social experimenta cuando se logra conquistar el gobierno y desplazar a las oligarquías del Ejecutivo, lo que ocurre, por ejemplo, en Venezuela y Bolivia.

Llevada a nuestros días esa problemática es la reflexión política y teórica del Vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera quien mejor interpreta esta tensa relación entre el Estado – que es gestión, centralidad y menos distribución de poder – y por otro, la lucha social que es el sentido común, menos centralismo y más democracia radical. Para que esta inevitable tensión no debilite al campo revolucionario, se la debe enfrentar en el marco de una dinámica creativa y no destructiva es lo que en cierta manera trataron de hacer Allende y el Che, entendiendo dialécticamente que la idea de bloque requiere la acumulación de fuerza en las dos dimensiones para superar el antagonismo al interior del campo revolucionario y golpear al enemigo con más fuerza.

Hoy frente al abordaje de esta tensión García Linera tiene una matriz con las posturas de Allende y el Che, sostiene que no hay que buscar la síntesis dialéctica “esto no ocurrirá nunca” bebe de las experiencias pasadas por eso no es prioritario resolver la contradicción que se puede vivir y desarrollar la revolución con ella y dentro de ella. Entonces lo del pensamiento y la acción revolucionaria deben abrirse a una solución que implica una dialéctica distinta más que la superación se trata de la dialéctica de saber mantener la tensión. Pues solo manteniendo la tensión se desarrollan lo que Álvaro García Linera llama “Las tensiones creativas (no antagónicas) de la revolución.

EL “CHE” DE ESTE TIEMPO

En una época árida de valores éticos y morales, el legado más importante del Che es su legado, la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, lo fundamental de su mensaje es que un dirigente no puede llamar a luchar si no está dispuesto a correr el mismo destino que sus camaradas. El Hombre Nuevo es el dirigente que no aprovecha su cargo para disfrutar de privilegios o para hacer la vista gorda con la corrupción. El Che fue ejemplo de modestia y honestidad como ministro de Industrias y Presidente del Banco Central de Cuba antes de volver a la lucha guerrillera. Los hombres y mujeres que se inspiran en el Che, en especial los jóvenes sienten repugnancia por la corrupción, el acomodo y la ambivalencia de la política incrustada y el sistema.

No hay que confundir el ejemplo del Che con posiciones dogmáticas y sectarias. Su integridad moral y claridad política se basaban en la comprensión integral de la realidad de su época y sus características sociales del ser humano y su tiempo. Como fruto de su conocimiento de América Latina forjo un pensamiento latinoamericanista socialista y antiimperialista que lo llevo en México a incorporarse en la gloriosa aventura de los 82 expedicionarios del Gramma.

En su práctica cotidiana el Che hizo suya la afirmación de Fidel “Los revolucionarios han de proclamar sus ideas valientemente, definir sus principios y expresar sus intenciones para que nadie los engañe ni amigo ni enemigo” (La Historia me Absolverá).

Su legado es un llamado a rebelarse ante la injusticia en todo tiempo y lugar, sentir en propia carne la humillación que sufre cualquier ser humano sin importar su raza, nacionalidad o creencia. Eso llevo al Che a combatir en África y encabezar el proyecto de liberación continental a partir de la Guerrilla en Bolivia. Su derrota demuestra que el Che pudo estar equivocado en el horizonte estratégico de su proyecto. Es evidente que América Latina necesita liberarse de la dominación y explotación imperialista. La ruptura de esa dependencia es necesaria para despejar la via a un desarrollo económico y cultural que permita al ser humano convertirse en protagonista de su propia historia.

El pensamiento del Che que llevo a desconfiar siempre del imperialismo, muestra su vigencia al confrontarlo con las recientes amenazas de destruir la Republica Popular y Democrática de Corea, estrangular la Revolución Bolivariana de Venezuela, desestabilizar el Socialismo Comunitaria y la Revolución Indígena – Popular del Estado Plurinacional de Bolivia o hacer cada vez más duro el bloqueo a Cuba. Los casos de Irak, Afganistan, Libia y Siria demuestran que el Imperio es capaz de cometer esas y peores atrocidades.

Será el desarrollo de sus capacidades en las tareas que cumplió en la Revolución Cubana que llevaron a ver al Che, las grietas que producirían el colapso de la Unión Soviética. La monumental obra de esfuerzo y heroísmo de millones de seres humanos de ese país, que padecía el cáncer de la burocracia y la corrupción de su elite dominante. No solo fue el derrumbe soviético también desaparecieron – o quedaron reducidos a la insignificancia – casi todos los partidos comunistas cortados por la tijera stalinista.

Esta crisis plantea la necesidad de construir nuevos instrumentos de lucha política y social. Es una batalla que se libra en el terreno de las ideas y en la esfera de la acción – ejemplo. Se trata de recuperar la relación dialéctica entre movimientos sociales y los partidos. En este proceso de revolución cultural para reconquistar conciencias para el socialismo del siglo XXI queda aún mucho camino. En esta época el socialismo debe recuperar su frescura y atractivo de su matriz original. La tarea consiste en sembrar conciencias y crear organizaciones para construir el poder del pueblo. El socialismo de hoy se inspira en el Che y crece en el seno de los movimientos sociales. Su lucha madura todavía en instrumentos políticos de mayoría democrática para cambiar el rumbo suicida y devastador que el capitalismo impone al mundo.

“Chicho” y el “Che” fueron la pesadilla latinoamericana para el pensamiento único, para el mercado único, para la verdad única, para el imperialismo, fueron una provocación para los semiólogos y la Santa Inquisición del internacionalismo neoliberal. No fueron profetas de revoluciones inútiles la del Che y su idea armada del foquismo guerrillero de crear varios Vietnams, o la de Allende con la construcción democrática de la vía chilena al socialismo, en este nuevo milenio más allá de la metáfora emergen el ejemplo del Che y de Allende como apuesta de finalidad emancipatoria más allá de la retórica revolucionaria convertida en código obsoleto de lo que pudo haber sido y no fue. Las dos vías son válidas por que se anticiparon a la actitud moral, ante el conservadurismo de las derechas e izquierdas y es la evidencia de que hay que volver a aprender a pensar y hablar para liberarnos de palabras demasiado totales y absolutas demonizadas por el fracaso de la confusión. La gestualidad de Che nos permite recuperar el derecho del “yo” a ser solidario sin pedir perdón por haber nacido. Un spot del MAS – IPSP en la segunda campaña presidencial del compañero Evo Morales decía proféticamente el camino que transitamos:

“Katari Vuelve en Nosotros

Ñancahuazu se aleja, pero el Che se acerca

Volveremos y seremos millones…”

Hasta la Victoria Final

  • Álvaro Zarate, “Willka”, antropólogo aymara – boliviano. Es indianista – comunista, Director de la Biblioteca Indígena.

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