Bolsonaro, entre House of Cards y Wallace de Alabama

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El pasado jueves, en medio de un mitin, el político brasileño, Jair Bolsonaro, candidato ultraderechista, fue atacado por un individuo, ocasionándole heridas por arma blanca. En medio de la conmoción, Bolsonaro fue llevado  al hospital para que recibiese los cuidados de urgencias. Este violento hecho fue repudiado por toda la clase política local e internacional.

Muchas teorías han saltado sobre el hecho, algunos sectores apuntan a una situación planificada, argumentando que no se vio rastro de sangre, sin embargo esto se contradice con la declaración del hospital que afirma que el candidato perdió 40% de su sangre y que contaba con daño en órganos vitales. Los defensores de estas teorías afirman que toda esta puesta en escena se convalida cuando el hijo del diputado pasa de hablar de heridas no comprometedoras con la salud a decir dos horas después que tenía perforado las costillas,  intestinos y el pulmón. Lo cierto es que en pleno estado crítico, el diputado fue trasladado del hospital de Minas Gerais a Sao Paulo, donde se mantiene estable, consciente y activo en sus redes sociales.

Si esta hipótesis fuese cierta, podría compararse la situación con el caso vivido por Frank Underwood, personaje principal de la serie política de Netflix: House of Cards, quien protagoniza un episodio donde para enfrentar las movilizaciones de protesta de los sindicatos de maestros, él mismo provoca ser agredido por el líder sindical, para mostrarlo como un violento y extremista. Eliminando así la oposición política que recibía.

Quienes sostienen la versión del “autoatentado”  afirman que esta acción serviría para potenciar la campaña de Bolsonaro que se encontraba estancada, crear un sentimiento de empatía en la población, bajar los niveles de rechazo que genera el candidato ultraderechista, y ante todo permitiría virar el tema central de la campaña que es la proscripción del candidato que lidera todas las encuestas, el expresidente Lula.

Para otros la  teoría del autoatentado se descarta totalmente al existir una persona detenida, que aparentemente tiene una afiliación a un partido de izquierda y que dijo ser enviado por Dios para realizar la violenta acción. Los primeros indicios apuntarían que el autor posee problemas mentales, incluso un familiar suyo afirmó que el agresor pasaba días encerrado en una habitación oscura.

Otros sectores apuntan en afirmar que la agresión fue real, pero este no es el tema de fondo. El tema principal es que la agresión nace como consecuencia de una espiral de violencia que se vive en el país, y además fomentado por el mismo agredido. Bolsonaro de pasado militar, y quien lleva como compañero de fórmula a otro exmilitar, no tiene el mínimo pudor de alabar la época de la dictadura, reivindicar a torturadores, hablar jactanciosamente sobre fusilamientos, violaciones, machismo y discriminación.

Este lenguaje incitador en una sociedad partida y en una coyuntura convulsa es el coctel perfecto para producir cualquier episodio violento. Entonces según quienes defienden esta teoría Bolsonaro es víctima de él mismo, de su propia lengua, que al ser tan filosa terminó por darle puñaladas.

Brasil en los últimos meses está caminando hacia la elección más atípica de la historia, con candidatos inhabilitados y encarcelados, una crisis económica fuerte, reforma laboral que baja la calidad del empleo, subida de precios a servicios básicos, represión policial, militarización en sectores populares bajo la premisa de combate a la violencia, asesinatos de activistas y líderes sociales que denuncian los atropellos de la mafia política e institucional (Caso Marielle Franco).

En las últimas horas se han escrito artículos queriendo comparar la situación vivida por Jair Bolsonaro como el asesinato que cegó la vida de la diputada británica Jo Cox días antes del Brexit, o el atentado de arma de fuego sufrido por Ronald Reagan perpetrado por un fanático con problemas mentales inspirado en la película Taxi Driver.

Pero el caso que más se asemejaría a esta situación es la del gobernador de Alabama (Estados Unidos) George Wallace, conocido por su retórica racista, llegó a ser herido en una época de mucha crispación social, sus posturas radicales y racistas marcaron ícono en la cultura política estadounidense. Conocido por haber enarbolado la “segregación” y haber bloqueado el paso a una estudiante afroamericana en la Universidad y a unos niños en la escuela primaria. Su lema era “Segregación hoy, segregación mañana, segregación siempre.”

Al igual que Bolsonaro, Wallace se distinguía por un lenguaje “sin complejos” y se enorgullecía de sus posturas políticas extremistas en el asunto racial, como Bolsonaro con la cuestión de género y derechos de la mujer. Ambos en pleno proceso electoral ven la importancia de moderar su discurso para no espantar votos, y terminan siendo blancos fáciles de perturbados mentales. Así sucedió con Wallace en 1972 en el proceso electoral de primarias presidenciales. Quedaría en silla de ruedas el resto de su vida, para luego arrepentirse de sus posiciones racistas.

En un clima mundial donde las posturas radicales y excluyentes están en apogeo, se facilita la aparición de personajes al estilo Bolsonaro, llámense Le Pen (Francia), Duterte (Filipinas), Trump (Estados Unidos), Salvini (Italia), etc. Estas figuras nacen producto de una situación caótica, afirman querer canalizar el descontento social, pero no apuntan a los verdaderos factores que provocaron el caos, sino que buscan chivos expiatorios para desviar la furia de los sectores descontentos y dejan intactos los poderes estructurales que condujeron a la situación desastrosa.

No hay duda que este episodio violento será utilizado con un amplio oportunismo político y mediático; existe por parte de la élite brasilera una necesidad de distraer de los problemas profundos y reales como el desmontaje de derechos sociales consolidados, la utilización política del sistema judicial, la desigualdad creciente entre clases populares y sectores acomodados.

En pocos días serán las elecciones, y el panorama se hace todavía más incierto; por un lado se consolida un Bolsonaro con unas élites que comienzan a adaptarse a su estilo, y por el otro están las fuerzas populares y movimientos sociales que a pesar de tener como principal referencia  Lula y el PT junto con una estrategia política definida, aún existe cierta incertidumbre fomentada sobre todo por la dispersión de expresiones políticas que podrían terminar siendo funcional a una victoria conservadora.

La agresión acontecida, provocada o no, más la intención de instalarla como tema central, debe ser un llamado para la unidad de las izquierdas. Entender que un episodio violento bien gestionado puede ser aprovechado para distraer de la realidad estructural y de la inhabilitación del candidato que más apoyo recibe en las mediciones electorales.

El agresor será procesado y condenado. Sin embargo, que él esté tras las rejas no garantizará la seguridad de las familias, un mayor peligro tiene potencial de ser desencadenado, y este es la posibilidad que alguien como Bolsonaro sea elegido presidente en compañía de los poderes tradicionales y reaccionarios.

Esaú Franco Valle

Politólogo

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