Argumentos contra la meritocracia en el Estado

El concepto de meritocracia fue lanzado por primera vez  en la década de 1950 por el sociólogo inglés Michael Young en su libro “El  triunfo de la meritocracia, 1870-2033: ensayo sobre educación e igualdad” (Young 1961). Como una concepción sumamente clasista, exclusivista y excluyente que no refleja el movimiento real de la sociedad. En nombre de la meritocracia se gestiona toda una estructura para mantener privilegios de clases, posición social y un ego anclado a un título que pocas veces es reflejo de algún acumulo intelectual. Vale recordar que en nombre de la meritocracia, doctorcitos formados en Harvard destruyeron este país. Es pues una herencia neoliberal, anacrónica, vieja y de pensamiento colonial.  Representa lo viejo en plena Revolución Democrática y Cultural.

Es obvio tanto o más importante que un título es la capacidad demostrada en la praxis. El genio Adolfo Cárdenas dio clases por 20 años en la carrera de literatura de la UMSA y no tenía licenciatura. El taller creativo de Jaime Sáenz en la misma carrera era el más buscado y el escritor de Felipe Delgado jamás estudió en una universidad. Antonio Peredo dio clases de comunicación social también sin tener una licenciatura.

Y para que no se diga que solo son ejemplos académicos, vale decir que el vicepresidente Álvaro García Linera, que también dio clases de sociología en la UMSA, y que trajo varios intelectuales marxistas para pensar el mundo, tampoco es licenciado. ¿Alguien puede decir que no es capaz de ejercer función en el Estado?

El mejor presidente de este país es un bachiller y tiene bajo su mando a varios licenciados que cumplen funciones técnicas. Esto no es un manifiesto en contra los estudios universitarios, es situarlo en el lugar al que corresponde: anexo de lo político. Que sean los políticos los que tomen las decisiones de gobierno y los tecnócratas los que conformen la ficha técnica de esas decisiones para que se lleven a cabo.

Preocuparse por simples cuestiones administrativas, más que la dimensión política de la gestión de Estado es un error fatal. Es tarea de los militantes, de los movimientos sociales vigilar y no dejar que el Estado se convierta en máquina de reciclaje para desplazar a gente capaz sin títulos y reemplazarla por gente que sufre de “titulitis” pero que su ejercicio profesional es mediocre y no siempre acompañan el momento histórico. Hay buenos profesionales sin título, sí los hay. Hay excelentes profesionales con doctorados y ligados a los intereses del pueblo, también los hay. La combinación es esta, lo técnico subordinado a lo político, sin los complejos de los doctorcitos de charcas, como decía René Zavaleta.

¿Serían capaces de decir que el presidente Evo Morales no es buen presidente porque no es licenciado? Claro que no, aunque le duela a la tecnocracia.

No confundir simples aspectos administrativos con la totalización política necesaria para la gestión estatal.  Es la mejor profundización del Proceso de Cambio.

Y que el deseo por el conocimiento sea siempre en pro del colectivo, no como una respuesta a la competitividad laboral sometida a la lógica capitalista.

Eduardo Lohnhoff Bruno, nació en San Ignacio de Velasco, Santa Cruz, en 1984. Es militante de la Juventud Comunista de Bolivia y de la plataforma La Resistencia.