Argentina o Venezuela… ¿a dónde vamos los bolivianos?

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Son dos casos paradigmáticos sobre lo que está sucediendo actualmente en América Latina, un gobierno popular que  lleva 20 años en el poder con altibajos de toda naturaleza y al otro lado un gobierno relativamente nuevo que trata de restaurar el poder de las viejas oligarquías argentinas usurpado, en cierta medida, por el gobierno popular del kirchnerismo.

Una visión simple y formal, que no quiere decir que sea errada, expone ambos casos como dos extremos en una línea recta, como que uno se encontraría al extremo izquierdo y el otro al otro extremo, visión que inevitablemente te obliga a pensar que lo mejor sería quedarse en un medio que pueda dar un nivel de estabilidad y satisfacción a su población evitando los extremos, tanto el izquierdo expresado en el chavismo, como el derecho expresado por el macrismo.

Esta forma de concebir la política de manera lineal es clásica de la política moderna; con la hipótesis de que los extremos se tocarían y que, también, maniqueamente se pensaría que “cualquier extremo sería malo”, o también, disociar el mapa entre gobiernos populistas y gobiernos institucionalistas, expurgando el contenido de clase que todo gobierno tiene en sí, y cambiarlo por sencillamente una posición en referencia a la construcción de políticas públicas y de gestión eficiente, una visión cuasi tecnocrática del Estado.

Esas percepciones de la política engastadas en preceptos positivistas y formales son características de las ciencias políticas de raigambre anglosajón y en cierta medida también conservador. La teoría del péndulo democrático, de un péndulo que oscilaría entre la izquierda y la derecha de manera cuasi determinista  y fatal, aseverando que cualquier gobierno de izquierda desembocará en uno de derecha, y viceversa, es la manifestación más clara de la construcción apolítica y pseudocientifista de las ciencias políticas, entre líneas expresa la idea de que sin importar las ideologías ni las concepciones de mundo todas terminan en mismo punto, casi como un círculo donde no importa dónde te encuentres es igual que cualquier otro punto del mismo círculo.

Esclarecido esto, empezamos a exponer nuestra visión sobre lo que acaece en Argentina y Venezuela y el “desenlace” que puede tener el gobierno del MAS en Bolivia.

En oposición a la anterior visión lineal y formal, tenemos una crítica y digamos en cierta medida cualitativa, donde ambos gobiernos son en realidad dos caras de lo que puede hacer una burguesía alineada al capital transnacional en la oposición y una burguesía (aunque el término preciso sería oligarquía) gobernando. El caso del chavismo se puede estructurar como un gobierno popular con cierta dependencia a la renta petrolera y con diversos errores económicos que han permitido a una oposición, amparada por Estados Unidos, impulsar una guerra económica de alta intensidad. Con un sistema político polarizado entre el chavismo y el anti-chavismo, y con una amplia capacidad de movilización social por ambos sectores, un pueblo cualitativamente politizado como lo es el “pueblo chavista”, y un pueblo o ciudadanía ajena a la política y más bien reaccionaria a las políticas redistributivas del gobierno central, pero también cuantitativamente amplio.

En otras palabras la crisis política en Venezuela es causa de una crisis económica impulsada por una guerra económica y una gestión económica deficiente y dependiente de la renta petrolera. Sin embargo, esta crisis política parece tener a mediano plazo una salida con medidas económicas radicales como el uso de criptomonedas para bajar la inflación y también con un control político fuerte de la oposición para evitar ulteriores procesos desestabilizadores, y vale también mencionar las sucesivas victorias que el chavismo ha tenido en las elecciones municipales y regionales el pasado año 2017.

El chavismo irrumpió en la escena cuando el neoliberalismo habló e instauró la idea del “fin de la historia” en las academias universitarias y en el común de la gente. El fin de la historia, sin ser una novedad histórica, es siempre el relato de los victoriosos, es el discurso de los ganadores para rayar la cancha y declarar su concepción del mundo como el punto zenit del desarrollo humano, insuperable, tanto teóricamente como filosóficamente. El fin de la historia vino de la mano del neoliberalismo, la globalización y también un posmodernismo de raigambre acrítico y conservador.

El chavismo  devolvió a la lucha de los pueblos, la idea de que el mundo en el que vivíamos no era el único, no todo podía ser presa de las privatizaciones, sino que existen otros relatos populares que son ajenos a la visión de las oligarquías, el chavismo demostró que la historia no había tenido fin, y si lo tuviera, ese no era el fin. Quizás por eso, la aversión de todos los gobiernos de Estados Unidos y de las oligarquías criollas venezolanas de derrotar la Revolución Bolivariana por los medios que sean necesarios.

Al contrario de esto tenemos al gobierno argentino de Mauricio Macri, un gobierno con una capacidad comunicacional excepcional, que ha logrado cautivar a un gran sector de la población argentina en base a promesas electorales  vacuas. El macrismo como corriente ideológica no es otra cosa que un neoliberalismo maquillado de discursos conciliadores. La subida de precios, desde los servicios básicos hasta los artículos de primera necesidad, la disminución del aparato estatal, la desregulación de las tasas de cambio, la liberación de las exportaciones, el congelamiento de salarios, entre otras medidas antipopulares son características de este tipo de gobierno y de esta manera de concebir el mundo.

Si en párrafos anteriores decíamos que el chavismo es un movimiento político nacional-popular que destronó la idea del fin de la historia del debate político y teórico, el macrismo es al contrario un reproductor de esta idea, acusando al pasado peronista y kirchnerista de haber entorpecido el desarrollo natural de una sociedad que caminaría hacia la libertad, la democracia liberal y el mercado como partes constitutivas del fin de la historia. El macrismo ha construido un discurso en apariencia novedoso pero que en el fondo responde a los viejos criterios tradicionales de las conocidas oligarquías argentinas aliadas del capital transnacional financiero.

En fin, ambos lados de la moneda son expresiones de una lucha entre una oligarquía que perdió cierto poder de legitimización en su accionar para con su sociedad y una bloque popular que llegó al poder y que –sin romper directamente con el capitalismo y el capital transnacional- logró cierto grado de redistribución del excedente y de concientización política en el interior de sus bases y de los sectores subalternos de sus sociedades. En Venezuela se puede ver a ese bloque popular resistiendo el embate neoliberal de moda en la región, en cambio en Argentina se puede ver un neoliberalismo de shock que quiere eliminar de un plumazo todos los logros sociales recuperados por el kirchnerismo después de varios años de neoliberalismo.

De manera rápida y poco meditada podríamos decir que si el presidente Evo Morales continúa en el poder, el rumbo estaría trazado hacia convertirnos en una nueva Venezuela, con problemas políticos fuertes, una inflación crónica y una desabastecimiento de los principales bienes materiales; esto debido a la simpatía que goza el gobierno del MAS con el chavismo. Así también, de manera poco meditada, podríamos decir que si viene otro gobierno restaurador después del MAS, el camino sería Argentina, con despidos masivos, alta inflación, pobreza extrema, enriquecimiento de las clases burguesas y destrucción del incipiente aparato productivo boliviano. Ambas formas de ver el mundo son también características de la propaganda gubernamental y anti-gubernamental, sin embargo, la realidad siempre es más caótica y variopinta de lo que los mensajes propagandísticos exponen.

La guerra económica impulsada contra la Revolución Bolivariana tenía como precedente la dependencia del modelo económico de redistribución en base a la exportación masiva de petróleo, caso que en Bolivia no se presenta, no porque el principal ingreso del país no sea la exportación del gas, sino porque la diversificación del excedente en actividades productivas como la planta de Urea y Amoniaco o la industrialización del litio, son expresiones de que el modelo económico boliviano es diferente al venezolano. Si a esto añadimos la diversificación de ingresos en base a exportación de actividades agropecuarias y su incidencia en el PIB nacional, el supuesto “rentismo populista venezolano” como peyorativamente lo denominan los detractores de la Revolución Bolivariana, no se aplica en Bolivia.

La gestión económica de estos últimos 12 años en el país, dejan más que claro que la opción de convertirnos en una “nueva Venezuela”, está alejada de la realidad, aunque, por supuesto, aquí se debe tomar en cuenta el rol que juegan las burguesías bolivianas, fundamentalmente las agroindustriales, en la política nacional. Es menester recalcar que la carencia de insumos de primera necesidad en Venezuela se originó por el desabastecimiento y la guerra económica comandada por su empresariado privado. Las relaciones entre el gobierno central y la burguesía agroexportadora del oriente y de la burguesía financiera después del fallido golpe cívico prefectural del 2008, han sido relativamente buenas, con utilidades elevadas cada año pero también con una carga impositiva importante en estos sectores que han creado una relación de amor-odio entre el gobierno y el empresariado privado.

Mientras esta relación se mantenga estable, como parece que continuará en el mediano plazo, es poco probable la construcción de un escenario similar al venezolano en términos de desabastecimiento y conspiración económica.

Sin embargo, tanto en la Argentina de Kirchner y en la actual Bolivia de Evo Morales se ha descuidado algo que en Venezuela se ha llevado a cabo de manera casi perfecta: la concientización y el compromiso ideológico y político de sus bases sociales para con el proyecto político, solo de esa manera se puede imaginar que el chavismo haya resistido un embate reaccionario, económico, político y mediático y haya logrado salir airoso de tales ataques. Cosa que no sucedió, por ejemplo, en Argentina donde el macrismo pudo fácilmente desmontar toda la estructura kirchnerista después de su victoria electoral.

¿Y qué tan cerca de convertirnos en otra Argentina estaría Bolivia? Pues, esta pregunta, a diferencia de la relación con Venezuela que apunta más a la comparación entre modelos económicos distintos y a su relación con sus oligarquías, tiene una respuesta, en primera instancia, geopolítica.

La hipótesis del fin de ciclo estipulo dos ideas centrales, la primera de que los gobiernos populares y progresistas en la región habían llegado a su fin porque el precio de las materias primas habría descendido en los últimos años, y la segunda idea habla del agotamiento de estos liderazgos por cierto autoritarismo y por la corrupción de sus gobiernos. Esta hipótesis en primera instancia tiene cierto respaldo empírico, sin embargo, si se profundiza con lo que está sucediendo en Brasil, México, la misma Venezuela y otros países donde la izquierda ha ido tomando cuerpo como en Perú o Chile –a pesar de sus derrotas en las últimas elecciones en sus respectivos países- más que un fin de ciclo, se tendría un enfrentamiento por la hegemonía y una lucha por evitar que las viejas oligarquías afines al gobierno de Estados Unidos se hagan con el poder nuevamente.

El rol de China, Rusia y de otros países que escapan de la órbita de influencia directa de los Estados Unidos, además del giro cuasifascista y nacionalista de este último, configuran el escenario de una manera totalmente diferente al contexto que se presentó en los años 80 y 90 con la caída de la ex Unión Soviética donde los gobierno neoliberales pudieron advenir sin muchas dificultades de magnitud gracias a la globalización.

Cuando se habla de que el gobierno de Mauricio Macri es un gobierno de las oligarquías de su propio país, se habla de que es un gobierno que defiende explícitamente los intereses de una clase, de una clase que está relacionada internacionalmente con otras del continente con intereses comunes. La diferencia entre la oligarquía argentina y la chilena por ejemplo, es una cuestión de adjetivos más que de sustantivos, sus intereses pueden ser contrapuestos en condiciones muy particulares, pero en condiciones donde ambas peligra su poder ante las clases populares de sus respectivos países, el accionar de ambas oligarquías es casi militante.

El panorama geopolítico en el continente no es tan favorable para las clases burguesas de sus propios países como lo era en los 80s, sin embargo, su poder económico y mediático fácilmente puede traducirse en poder político, y si a este panorama se adjunta el hecho de que existe cierto retroceso en los gobiernos populares de la región, éstas clases sociales (dueñas de los medios de producción) gozan de mayor capacidad para hacerse de las riendas de sus Estados, lo que podría ayudarnos a inferir que la posibilidad de que un gobierno de matiz macrista y neoliberal advenga después del gobierno de Evo Morales sea mucho más fuerte que la embrionaria idea de que Bolivia caiga en un proceso de desestabilización continua como sucede en Venezuela.

Sin embargo, ambas posibilidades son latentes, tanto el hecho de que se presente un proceso de desestabilización en Bolivia (como de alguna manera sucede actualmente) como también que un gobierno de tez neoliberal se haga cargo de las riendas del país, esto dependerá de la capacidad de movilización que tiene el gobierno del Movimiento Al Socialismo para defender las conquistas sociales y populares logradas en estos 12 años de gestión y también, de la capacidad que tenga el mismo gobierno del MAS de reinventarse ante la nueva Bolivia que ellos mismos han creado.

Para finalizar es importante recordar que la posibilidad de ingresar en un ciclo de desestabilización extremo o de neoliberalismo dogmático en cualquiera de los países de la región americana es un precepto siempre latente mientras las oligarquías puedan influir en las economías dependientes del continente y en las decisiones políticas de sus gobernantes, además de que la influencias estadounidense –cada vez más menoscabada- sigue presente en todo América Latina.

José Llorenti

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